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Navegando por Internet llegué al blog http://www.maestradeandarporcasa.com/ y me gustó tanto su contenido que he decidido compartir aquí un poco de éste, ya que se acercan mucho a mi manera de pensar sobre estos temas. Para leer los dos post originales y completos, visita la fuente original.

SÍ SE LLORA

Cuando un niño está llorando lo está pasando mal. Otra cosa es que el motivo por el que llore sea importante para nosotros o no. Pero para el niño sí lo es, por eso llora. Por esta razón siempre debemos atender el llanto de un niño y acompañarlo. 

Cuando decimos que no pasa nada si un niño se ha hecho daño al caer y llora estamos invalidando sus emociones. Sí pasa. Le duele. Lo está sintiendo y tú le dices que no pasa nada. El niño piensa entonces que sus sentimientos no tienen valor. Cuando a nosotros nos duele algo lo que menos nos gustaría escuchar es justamente eso: "No te quejes, no es nada". Empatizar, acompañar y poner nombre a sus emociones. Eso que tanto gusta hoy día, la educación emocional, empieza por cosas como estas. 

Otra cosa que solemos hacer mucho es distraer, porque el llanto de los niños nos incomoda y nos remueve. Obviamente que si un bebé llora porque tiene hambre y la comida aún no está, lo distraeré porque no es capaz de entender nada y no puedes darle lo que necesita en ese momento que es una necesidad primaria, pero muy diferente es distraer a un niño mayor de sus emociones. Me refiero a que si un niño llora porque quería comprarse un juguete y le hemos dicho que no, aceptemos que se enfade, tiene derecho.

Llorar está bien, es sano y sirve para regular nuestras emociones. Lo que no está bien es que haya niños que con cuatro años quieren llorar y hacen fuerza para tragarse las lágrimas y no hacerlo porque le han dicho mil veces que no se llora.

NO HAY QUE COMPARTIR


El tema de compartir en los niños se ha entendido mal y está mal planteado. Compartir, dice el diccionario que es, dar parte de lo que uno tiene para que otro lo disfrute. No dice en ningún sitio que compartir sea que una persona externa me quite algo de las manos y se lo de a otra. Eso es quitar, robar, pero no compartir. Compartir tiene que salir de uno. Nadie te puede obligar a compartir, como mucho te obligan a dárselo. Pero compartir no se puede enseñar. Ser generoso se adquiere viendo como los demás lo son, teniendo el ejemplo de los adultos. Haciendo esto de quitarle a un niño algo de las manos para dárselo a otro, u obligándole y haciéndole sentir mal por ello, no vamos a conseguir que sea más generoso, nada tiene que ver una cosa con otra. Como mucho se estará llevando una lección de que uno puede quitarle a otro las cosas de las manos porque así lo considere. 

Pensemos por un momento en nosotros mismos. ¿Somos generosos? ¿Cuánto? ¿Le dejaríamos nuestro móvil, nuestro coche, nuestra casa a uno que pasa por el parque? ¿A un conocido? Para los niños sus juguetes, son sus tesoros y tienen todo el derecho del mundo a no querer dejarlos, como nosotros a no querer prestar nuestro teléfono a cualquiera. Además en los primeros años están en una fase egocéntrica en la que todo gira en torno a ellos, no pueden empatizar. Poco a poco irán entendiendo que los demás tienen necesidades y podrán querer compartir, o no, y estará bien. Cada uno es libre de prestar o no lo que quiere. 

Imaginemos que estamos concentrados en un libro, o haciendo una manualidad y llega alguien y nos dice, se acabó tu tiempo, le toca al siguiente, te lo quita de las manos y se lo da a otra persona. Pensaríamos que vaya falta de respeto. Pues se lo hacemos a los niños constantemente. Su juego y su concentración también son importantes.
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Uno de mis propósitos como MDD es el de favorecer experiencias a través de las cuales el niño pueda llegar al aprendizaje, teniendo presente esa satisfacción que siente al ver que puede lograr algo por si solo. El movimiento libre en un entorno seguro y preparado, para que pueda llegar a dichas experiencias, también forma parte del objetivo de orientar el aprendizaje hacia algo que le resulte placentero, teniendo en cuenta que en el cuerpo se apoyan las experiencias, y que, cuerpo y mente, van unidos; si evitamos un bloqueo corporal, también evitaremos un bloqueo cognitivo.
A continuación, comparto unos artículos relacionados con la importancia del movimiento libre, según la pediatra húngara Emmi Pikler.


Emmi Pikler creó un sistema educativo basado en el respeto al niño y una actitud no intervencionista del adulto, que permite su desarrollo autónomo. Ella creía que se tenía que respetar el ritmo individual de cada individuo y asegurar­le todas las posibilidades de tener iniciativas autónomas, de movimiento libre y de juego independiente. Velaba por la salud física y psíquica de los niños, teniendo en cuenta el movimiento , el aire libre y la alimentación. 

Cuando respetamos su ritmo, sin prisas, el niño hace evolucionar sus movimientos. La genética les permite hacer este proceso por ellos mismos. Son unos pasos que hacen todos los niños cuando confiamos en ellos y les damos el espacio y el tiempo necesario.


El beneficio de respetar su evolución se nota en la armonía y seguridad de sus movimientos. Él mismo llega a las diferentes posturas y esto le permite volver con seguridad, con un movimiento fluido, a la postura de antes. Todo el que ha aprendido está en su registro personal y lo puede encontrar siempre que lo necesite. Con sus movimientos irá conociendo su cuerpo (esquema corporal), sus límites y hará madurar su cerebro. Con sus desplazamientos ampliará el conocimiento del espacio y sus posibilidades.

El movimiento libre se basa en: 
  1. Confianza plena en la iniciativa del niño y en su capacidad para moverse y relacionarse con el mundo que le rodea, objetos y seres, así como su capacidad para la autonomía y la comunicación. 
  2. El desarrollo psicomotor es un proceso madurativo que no necesita de enseñanza. 
  3. Un desarrollo armónico de la lateralidad, el equilibrio y el movimiento, solo puede estar asegurado cuando dejamos que estos maduren y se desarrollen a su propio ritmo, que debe estar marcado por la iniciativa del niño y no por la del adulto.

Para Emmi Pikler y para el Instituto Loczy, no puede entenderse el “movimiento libre” sin la cuestión de la autonomía. Se podría decir que permitir a un niño moverse en libertad no solo va a favorecer que desarrolle una mejor salud corporal, en su fisiología, equilibrio y movimientos, sino que le va a conferir un mayor conocimiento de sí mismo y de sus posibilidades o límites, así como una mayor confianza en su capacidad de tomar decisiones, lo que también llamamos un sentimiento de competencia sólido. 

Cuando le decimos a un niño/a cómo debe jugar o lo colocamos en cierta posición, estamos promoviendo su dependencia del adulto. Ya sea porque el pequeño/a va a buscar constantemente nuestra aprobación y no va a realizar los juegos o movimientos por propia iniciativa o placer, o porque lo estamos inmovilizando en el sentido más literal. 

Por último, puntos que hay que tener en cuenta respeto al espacio y los materiales recomendados:
  1. Que la ropa permita y facilite el movimiento libre, y, siempre que sea posible, se recomienda dejarlos descalzos, ya que los pies son un punto de agarre y equilibrio fundamental en el equilibrio. 
  2. Adecuar espacios amplios y lo más diáfanos posibles y con suelos firmes que no se hundan ni se arruguen dificultando el movimiento y el desplazamiento. 
  3. Mobiliario adaptado que permita subir y bajar, moverse en planos inclinados, atravesar túneles… 
  4. Materiales siempre a su alcance, sin exceso y adecuados a cada etapa, que sean fáciles de manipular, que puedan llevarse a la boca y que no necesiten la “ayuda” del adulto. En general se recomiendan lo que se llama “materiales desestructurados“, que no son más que materiales sin un fin en concreto y que en su mayor parte forman parte de la vida cotidiana.



Para leer los artículos completos, haz click en: X y X

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LA MADRE DE DÍA

Educadora profesional, formada en pedagogías alternativas (Montessori, Waldorf y Educación viva en este caso), que ofrece un espacio habilitado y seguro donde atender a un grupo reducido de niños de 0 a 3 años. Se trata de una alternativa a la guardería infantil que da continuidad al ambiente familiar, donde se acompaña al niño desde el cariño y el respeto, respetando el ritmo de cada uno, favoreciendo su autonomía y el aprendizaje a través del juego.

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